Bayern München

Arjen Robben, el adiós a una rutina siempre efectiva

Ver retirarse a un jugador trae tristeza y, si es alguien que has podido disfrutar desde tus primeros recuerdos viendo un balón rodando por la televisión, aún más. Ese fue mi caso (no por ser bávaro) y de muchos hace unos días al conocer la decisión de Arjen Robben de colgar las botas. Un extremo diferente y luchador como ningún otro, que hacía sangre con una misma acción que le hizo destacar desde el inicio de su carrera, y que nos ha hecho tirarnos de los pelos más de una vez al ver que siempre tenía el mismo fin.

Cuántas veces habremos visto a ese hombre de 1’80 m de altura hacer el mismo movimiento y marcar siempre, como ese verdugo del que, aún teniendo analizado al detalle hasta la madera del mango de su hacha, es imposible escaparse. Para Robben correr por la banda derecha, recortar en el pico del área y amagar hasta asestar un disparo imposible para cualquier portero ya era su rutina, igual que cuando tú te despiertas cada mañana y untas la tostada de mermelada. Lo podría hacer una vez con los ojos cerrados y el resultado seguiría siendo el mismo, de tantas veces que lo ha repetido y con una efectividad aplastante, siendo la peor pesadilla para cualquier lateral izquierdo.

Hay veces que pienso que es el factor mental de los zagueros el que le ha hecho tan efectivo. El decir «lo ha hecho decenas de veces, sé lo que tengo que hacer para que no se repita» y hacer todo lo posible para frenarle hasta que, sin darte cuenta, acabas en esa espiral que puede acabar con un balón a la escuadra del palo largo o al palo corto por abajo. Así también el portero duda hacia qué lado tirarse y, al final, se convierte en una estatua impasible viendo cómo el cuero acaba en las redes.

Pero quedarnos con ese movimiento de escaso margen de error no hace ni mucho menos justicia a la gran historia de superación que hay detrás de la figura del holandés. Porque no todo lo que se ve por una pantalla es el vivo reflejo de la realidad. Ahí donde le vemos Arjen fue capaz de comandar en 2004, con tan sólo 20 años, a su selección hasta las semifinales de la Eurocopa mientras luchaba por superar un cáncer testicular, enfermedad que le dejó apartado durante meses de los terrenos de juego y que superó para seguir con su ascenso meteórico en la élite.

Su carrera ha pasado por Groningen, Eindhoven, Londres, Madrid y, desde 2009 hasta su final, en Múnich. Ha tenido aciertos, decepciones, lloros y éxtasis. Ha llegado a disputar dos semifinales, una en Eurocopa y otra en Mundial, y una final mundialista con Holanda, y formó una dupla con Franck Ribéry que logró alzarse a nivel nacional con ocho títulos de Bundesliga, cinco títulos de DFB Pokal y otros cinco de Supercopa alemana. Y por si fuera poco, que consiguió alzarse en Wembley con una Champions League ante su máximo rival para consumar el triplete. Casi nada.

En FC Bayern München le recordarán por los 309 partidos que disputó y en los que anotó la friolera de 144 goles y dio otras 101 asistencias. Hasta me atrevería a decir que más de la mitad de sus goles fueron con su fórmula mágica, una fórmula que le ha hecho convertirse en una leyenda viva en Baviera al ser el estandarte de una de las etapas más gloriosas de la historia del club. Toca decir adiós, con todas las defensas de Alemania dando suspiros de alivio y con todos nosotros con pena de no haber visto a ese hombre hacer su movimiento para desafiar una última vez a la lógica.

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